En los márgenes del bosque, donde la niebla nunca se disipa, vivía un sátiro de rostro grotesco y mirada cansada.
Pasaba los días escondido, temeroso del rechazo, resignado a su propia fealdad.
Una tarde llegó al bosque una mujer de belleza inquietante, con ojos astutos y voz que sonaba como promesa.
Lo llamó “gentil”, “fuerte”, “único entre los hombres”.
El sátiro, que jamás había escuchado una palabra dulce, se entregó a sus halagos como quien bebe agua después del desierto.
Pronto ella comenzó a pedir:
primero una moneda, luego un abrigo, después su guarida.
El sátiro, obediente y torpe, lo daba todo sin preguntar.
No por amor, sino por miedo a volver a la soledad.
Una noche, mientras dormía, la ladrona tomó su última posesión: una pequeña flauta de madera, tallada con sus propias manos, y huyó sin mirar atrás.
Despertó el sátiro y comprendió que no solo lo había despojado de sus bienes, sino también de su voluntad.
Gritó, pero su voz se perdió entre los árboles.
Cayó de rodillas y murmuró:
—“Quizá era lo que merecía.”
Desde una rama alta, Cachopo lo observaba, con su libro abierto sobre el pecho.
—“No, no merecías su engaño —le dijo—, pero lo permitiste al no creer en tu propio valor.
Nadie puede robarte más de lo que tú decides entregar.”
El sátiro, exhausto, caminó hacia el río.
Recogió una rama caída y talló una nueva flauta.
Esta vez no para agradar a nadie, sino para escucharse a sí mismo.

Moraleja
Quien acepta el abuso por miedo a la soledad termina convirtiéndose en cómplice de su propio verdugo.

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