Cuentan que un pastor humilde, al excavar la tierra tras un temblor, encontró una grieta donde reposaba un cadáver gigantesco. En su mano brillaba un anillo extraño, de oro viejo y piedra oscura.

El pastor lo tomó, y al descubrir que al girarlo se volvía invisible, su corazón se agitó. Al principio lo usó con timidez: espiar conversaciones, tomar pan sin pagar, escapar de trabajos que no quería hacer.

Pronto, la tentación creció. Usó el anillo para robar, para seducir, para mandar donde antes obedecía. Nadie podía verlo, y por eso nadie podía juzgarlo.
El poder lo transformó en déspota, y olvidó la humildad que lo había hecho digno.

Desde lo alto de un ciprés, Cachopo lo observaba.
Con voz grave le dijo:
—“El anillo no te hizo invisible, Giges: solo reveló lo que siempre llevabas dentro. El poder no corrompe por sí mismo; muestra quién eres cuando nadie puede mirarte.”

MORALEJA

La verdadera virtud no se prueba bajo la mirada de los demás, sino en lo que eliges hacer cuando crees que nadie puede verte.


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