Hubo un río que durante siglos llevó vida a los campos y a los pueblos.
Orgulloso de su caudal, miraba con desdén a los pequeños arroyos que apenas susurraban entre las piedras.
Pero llegaron los años de sequía. El río se fue estrechando hasta convertirse en un hilo fangoso, y luego en un cauce vacío.
Los peces murieron, las aves se marcharon, y la tierra quedó agrietada como un corazón sin esperanza.
El río, desesperado, gritaba al cielo:
—“¿De qué sirvió mi grandeza si ahora soy polvo y silencio?”
Cachopo, desde la rama de un sauce cercano, abrió su libro y dijo con calma:
—“No olvides que la vida es un ciclo. Nada muere del todo: lo que hoy parece fin es preparación para renacer. La tierra agrietada se abre para beber de la lluvia, y en su tiempo volverás a cantar.”
Y una tarde, cuando las nubes rompieron en tormenta, las primeras gotas cayeron sobre el cauce reseco.
El río, humillado y agradecido, aprendió que no es dueño del agua, sino guardián pasajero de su fluir.
MORALEJA
La muerte aparente es solo espera. La vida siempre retorna para quien sabe tener paciencia.


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