Un hombre recogió de la calle a un perro pequeño, de pelaje color canela.
Lo alimentó, le dio agua fresca y un rincón tibio para dormir. Lo acariciaba con paciencia, esperando que la confianza floreciera.
Pero el perro, acostumbrado al instinto y a la sospecha, no obedecía nunca.
Ladraba sin motivo, derramaba los tazones y mordía las sogas que lo cuidaban.
Cada vez que podía, escapaba corriendo hacia la calle.
El hombre suspiraba con tristeza:
—“No puedo obligar al corazón a quedarse donde no quiere.”
Un día, el perro rompió la cadena y huyó para siempre.
En la calle encontró hambre, heridas y noches de frío. Entonces recordó el calor del rincón que había despreciado, y buscó volver. Pero al llegar, la puerta estaba cerrada: el hombre, cansado de esperar, había marchado.
Desde la rama de un árbol, Cachopo observaba y murmuró:
—“El amor no se impone ni se desperdicia. Quien no aprende a valorar el cuidado, termina prisionero de su propio desorden.”
Moraleja
La libertad sin gratitud se convierte en soledad.

Quien no aprende a valorar el cuidado,
termina prisionero de su propio desorden.”

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