Era de oro, y por eso tenía miedo.
Dormía sobre papeles en blanco como si fueran nieve intacta.
—Si escribo —pensaba— me mancho, me equivoco, me rompo.
Pasó de mano en mano: un poeta cansado, una maestra distraída, un niño con los ojos llenos de universo.
Nadie consiguió hacerla escribir. Era hermosa, sí, pero inútil.
Una tarde, el niño la sostuvo como quien toma un pájaro herido: con cuidado y ternura.
—Si fallas, te perdono —le dijo.
Entonces la pluma tembló.
Cayó una gota de tinta, luego otra, y la nieve dejó de ser miedo.
Escribió primero torpe, luego humano, después verdad.
La palabra que nació fue pequeña, simple, perfecta: vida.
Y en ese trazo imperfecto, la pluma comprendió que el oro solo brilla cuando se atreve a oscurecer el papel.
Moraleja: El error no te quita valor; te concede existencia.

—Cachopo, el búho que escribe de noche.

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