El mundo estaba gris aquella noche.
Ni la luna quería mirarlo.

Cachopo avanzaba entre los restos de una biblioteca antigua, donde los muros se habían rendido pero los ecos no. Había aprendido que, cuando todo parece en silencio, algo está a punto de hablar.

Y así fue.

Al fondo de una bóveda caída, una luz respiraba.

No era fuego.
No era lámpara.
No era reflejo de estrella.

Era una luz viva, del color del oro cuando sueña.

Cachopo se acercó con cautela.
En medio del resplandor, sentada sobre un bloque de piedra, había una mujer escribiendo… sin tinta.
Cada palabra aparecía en el aire antes de caer al suelo como si tuviera peso propio.

Sus ojos no brillaban: revelaban.

—¿Quién eres? —preguntó Cachopo, sin miedo pero con esa reverencia que solo tienen los que ven más de lo que entienden.

La mujer lo miró con una paz que parecía antigua.

—Soy Hildegarda —dijo—.
La que escucha lo que la luz intenta decir.

Cachopo ladeó la cabeza.

—¿La luz habla?

Ella sonrió, pero no con burla, sino con ternura.

—La luz siempre habla, pequeño búho.
Lo difícil es aprender a verla cuando el mundo se ha llenado de sombras… y de ruido.

Extendió la mano y, al hacerlo, el resplandor se movió como si obedeciera a un gesto familiar.
Figuras, símbolos y colores comenzaron a flotar entre ambos: un círculo, un fuego, una raíz, una estrella quebrada.

Cachopo parpadeó.

—¿Qué significa todo esto?

Hildegarda sostuvo uno de los símbolos en la palma de su mano.
Era una llama verde.

—Esto no es visión —dijo—.
Es espejo.

—¿Espejo de qué?

—De tu interior —respondió ella con serenidad—.
Las visiones no vienen de fuera, como creen los hombres.
Surgen cuando tu alma intenta mostrarte algo que tu mente no quiere ver.

Cachopo sintió que el ojo de la Providencia en su pecho se calentaba levemente, como si reconociera algo que él aún no comprendía.

—¿Y cómo distingo una visión verdadera de un simple sueño?

Hildegarda lo miró profundo, como quien no ve un animal sino un misterio caminando.

—La visión verdadera no te entretiene… te transforma.
No te distrae… te ordena.
No te eleva… te enraíza.
La luz que no cambia nada es luz muerta.
La luz que te obliga a mirar dentro… esa es la que proviene del Espíritu.

El viento sopló entre las ruinas, levantando polvo y silencio al mismo tiempo.

Cachopo observó cómo los símbolos que flotaban comenzaron a reorganizarse por sí solos: la raíz se unió al fuego, la estrella a la circunferencia, y todo formó una imagen final que él sí entendió:

Un pequeño búho caminando hacia una gran puerta abierta.

Hildegarda tocó con suavidad el colgante en su pecho.

—La visión no te dice el futuro —explicó—.
Te muestra aquello que ya está creciendo dentro de ti.

La luz comenzó a retirarse lentamente, como si regresara a un lugar secreto.

Cachopo quiso preguntar más, pero Hildegarda ya se desvanecía.
No como sombra…
sino como música que vuelve a su origen.

—Ve, pequeño guardián —dijo su voz, flotando aún—.
Lo que has visto no es un mensaje.
Es tu llamado.

Y el brillo se extinguió.

Cachopo quedó solo en la oscuridad que regresaba…
pero dentro de él algo había despertado:
una claridad nueva
una raíz profunda
una luz que no parpadeaba
una visión que, ahora, sí sabía interpretar.

Alzó vuelo en silencio.

La noche seguía gris,
pero él ya no.

MORALEJA

“La verdadera visión no viene de afuera: nace cuando la luz interior por fin encuentra espacio para revelarse.”


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