Faltaba una semana para Navidad cuando ocurrió algo extraño.
No hubo tormenta, ni apagón, ni aviso previo.
Simplemente, las luces comenzaron a apagarse solas.
Primero fue una ventana.
Luego otra.
Después una calle entera.
No estallaron los focos ni se fundieron:
decidieron no brillar.
Los hombres revisaron cables, cambiaron enchufes, reclamaron a las compañías.
Nada estaba roto.
La electricidad seguía ahí.
Pero la luz… no quería salir.
Cachopo lo vio desde lo alto del campanario.
No como quien vigila,
sino como quien acompaña sin intervenir.
Descendió en silencio y caminó entre las casas.
Notó algo que nadie más había querido mirar:
Las luces se apagaban donde alguien faltaba.
Parpadeaban donde el duelo seguía puesto en la mesa.
Se negaban a encender donde la alegría se había vuelto una obligación.
Las luces estaban cansadas
—no de alumbrar—
sino de fingir celebración.
Cachopo no llevó velas.
No dio discursos.
No intentó “arreglar” la Navidad.
Se sentó frente a una casa sin adornos.
Dentro, una mujer miraba una silla vacía.
La mesa estaba puesta para más personas de las que ya podían llegar.
Cachopo no habló.
Solo se quedó.
Pasó el tiempo.
El tipo de tiempo que no se mide con relojes.
Entonces ocurrió algo pequeño, casi invisible:
una luz mínima, no decorativa, no festiva,
se encendió sola en la habitación.
No iluminó la casa entera.
No cambió la historia.
Pero alumbró suficiente para que el silencio no doliera tanto.
Esa noche, algunas luces regresaron.
Otras no.
Y nadie las forzó.
Porque se comprendió, por fin, algo esencial:
Que hay noches en las que la luz no viene a brillar,
sino a quedarse.
Y que tal vez,
solo tal vez,
esa también es una forma sagrada de esperanza.
Cachopo alzó el vuelo.
En su cuello, el ojo de la Providencia reflejaba una chispa tenue.
No como promesa,
sino como certeza silenciosa:
La luz verdadera nunca hace ruido.


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