Decían que aquel hombre nunca hablaba de su infancia.
No porque hubiera sido triste,
sino porque seguía ahí.

Vivía en él
como una habitación cerrada
a la que se entra solo cuando nadie mira.

Caminaba como adulto,
trabajaba como adulto,
tomaba decisiones como adulto.
Pero en ciertos momentos —muy breves—
algo en su mirada se quedaba atrás.

Cachopo lo observó una tarde cualquiera.
No era un día especial.
Y eso era lo más importante.

El hombre estaba sentado en una banca,
mirando a niños jugar.
A su lado,
sobre la madera gastada,
había un cuaderno viejo,
de tapas blandas,
con hojas amarillentas que nunca volvió a abrir.

No sonreía.
Tampoco estaba triste.
Solo recordaba sin palabras.

Cachopo se posó cerca,
no para interrumpir,
sino para guardar silencio con él.

Entonces ocurrió algo extraño:
el hombre no recordó un juego,
ni un rostro,
ni una casa.

Recordó una sensación.

La de no haber terminado de crecer
porque nadie le explicó
que crecer no era abandonar al niño,
sino regresar a buscarlo.

Ese niño no había muerto.
No se había roto.
No se había ido.

Solo se había quedado esperando
a que alguien volviera por él
sin pedirle que fuera distinto.

El hombre cerró los ojos.
No lloró.
No sonrió.

Respiró.

Y por primera vez entendió
que no estaba incompleto,
solo dividido.

Cachopo alzó el vuelo lentamente.
No había nada que enseñar.
Nada que corregir.

Porque algunas personas
no necesitan crecer más,
sino regresar enteras.

MORALEJA 

Hay personas que no están rotas ni incompletas;
solo están divididas entre lo que son
y el niño que dejaron esperando.


Descubre más desde las fabulas de cachopo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde las fabulas de cachopo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo