Aquella noche, el bosque no avanzó.
Tampoco retrocedió.
Las hojas dejaron de caer,
los grillos guardaron silencio
y hasta el viento pareció contener la respiración.
Cachopo, posado en la rama más delgada del viejo encino, sintió algo extraño:
no era miedo,
no era alegría,
era un umbral.
—Aquí —pensó— no se entra ni se sale.
Aquí se permanece.
Abajo, en las casas, algunos contaban los segundos;
otros levantaban copas;
otros más cerraban los ojos con la esperanza de empezar distinto.
Pero el bosque… el bosque no contaba nada.
Cachopo miró hacia atrás y vio huellas:
promesas incumplidas,
cansancios viejos,
dolores que ya no dolían igual.
Miró hacia adelante
y no vio caminos,
solo niebla.
Entonces comprendió:
el año no cambia cuando termina,
cambia cuando alguien deja algo en el umbral
y cruza más ligero.
Cachopo no pidió nada.
Solo dejó caer una pluma.
Cuando el tiempo volvió a moverse,
nadie notó el instante exacto.
Pero algo era distinto.
El bosque respiró.
El mundo siguió.
Y el año comenzó…
no con ruido,
sino con espacio.
Moraleja
No todo inicio necesita un propósito.
A veces basta con soltar
y atreverse a cruzar.


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