Cachopo y el hombre que hablaba con su sombra

El bosque estaba quieto, pero no dormido.
Había aprendido, con los años, a distinguir entre el silencio que descansa
y el silencio que observa.

Cachopo lo supo de inmediato:
esa tarde, el silencio estaba atento.

Fue entonces cuando lo vio.

Un hombre caminaba despacio entre los árboles, sin prisa y sin rumbo evidente.
No parecía perdido.
Tampoco buscaba nada.
Solo avanzaba, como quien acepta el peso del camino sin exigirle respuestas.

Lo extraño no era el hombre.
Era que hablaba.

No hablaba al viento, ni a los árboles, ni a sí mismo en voz alta.
Hablaba como quien conversa con alguien que conoce demasiado bien.

—Hoy no —dijo en voz baja—.
Hoy no voy a fingir que no existes.

Cachopo se acomodó en su rama.
Había visto muchas cosas en el bosque, pero aquello tenía una densidad distinta.
No era locura.
No era soledad.
Era presencia.

Cuando el sol comenzó a descender, las sombras se alargaron.
Y entonces Cachopo lo notó.

La sombra del hombre no se movía del todo igual que él.

No lo imitaba con precisión.
A veces se detenía un instante más.
A veces parecía inclinarse cuando el hombre seguía erguido.
A veces se adelantaba medio paso…
como si supiera algo que el cuerpo aún no se atrevía a aceptar.

—Durante años —continuó el hombre— te llamé defecto.
Luego te llamé error.
Después te llamé enemigo.

Hizo una pausa.

—Pero sigues aquí.

La sombra se volvió más nítida.

No creció.
No se deformó.
Simplemente se definió, como cuando algo deja de esconderse porque ya no es perseguido.

El hombre se sentó sobre una piedra cubierta de musgo.
Suspiró largo, como quien suelta un peso antiguo.

—He pasado la vida tratando de ser solo lo que me aplauden —dijo—.
Lo correcto.
Lo aceptable.
Lo que no incomoda.

Cachopo sintió algo conocido:
esa tensión que aparece cuando alguien está a punto de decir la verdad,
no para otros,
sino para sí.

—Pero tú —continuó el hombre— apareces siempre que finjo no sentir.
Siempre que sonrío cuando quiero gritar.
Siempre que me porto bien cuando algo dentro de mí pide otra cosa.

La sombra no respondió con palabras.
Nunca lo hacía.
Solo permanecía.

—Pensé que si te ignoraba desaparecerías —admitió el hombre—.
Luego pensé que, si te combatía, te vencería.
Después quise iluminarlo todo…
y fue entonces cuando te volviste más oscura.

Cachopo bajó la cabeza un instante.
Había aprendido algo parecido observando a los humanos:
la luz falsa no elimina la sombra; la agranda.

El hombre pasó la mano por su rostro.

—Hoy no vine a cambiarte —dijo finalmente—.
Hoy vine a escucharte.

La sombra no celebró.
No se movió.
No desapareció.

Solo se colocó a su lado.

No detrás.
No delante.
A su lado.

El hombre se levantó.
Y por primera vez, su paso fue distinto:
no más ligero,
no más firme,
solo… más entero.

Cuando se internó entre los árboles, la sombra caminó con él.
No como carga.
No como amenaza.
Como parte.

Cachopo permaneció en silencio.

Había comprendido algo que no se aprende leyendo,
ni enseñando,
ni corrigiendo a otros:

que crecer no es volverse luminoso,
sino atreverse a mirar lo que nunca fue invitado a la luz.

Entonces ocurrió.

Cachopo no miró al bosque.
No miró al sendero.
No miró al cielo.

Miró al lector.

Y sin decir una sola palabra, dejó flotando la pregunta que nadie puede responder por otro:

¿Con quién hablas cuando nadie te ve?

¿Qué parte de ti sigue caminando detrás… esperando ser reconocida?

El bosque guardó silencio.

Y esta vez,
no fue para ocultar nada.

 

No todo lo que nos acompaña quiere ser eliminado;
algunas partes solo esperan ser miradas.

 

 


Descubre más desde las fabulas de cachopo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde las fabulas de cachopo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo