Cachopo despertó antes que el sol.
No porque tuviera prisa, sino porque el amanecer siempre llega mejor cuando alguien lo espera.
Desde su rama alta observó cómo la luz, aún tímida, rozaba las hojas sin pedir permiso, como quien vuelve a un lugar conocido después de mucho tiempo.
Abajo, el mundo respiraba lento.
Cachopo pensó —sin palabras— que el amanecer no pregunta quién recuerda la noche.
Simplemente llega.
Y al llegar, lo vuelve todo suficiente.
Había aprendido que algunas presencias no necesitan memoria para ser verdaderas.
Basta con estar.
Basta con volver.
El visitante llegaba siempre a la misma hora, aunque nunca miraba el reloj.
Caminaba despacio, no por cansancio, sino por respeto:
al tiempo, al lugar, a aquello que no debía ser interrumpido.
No traía respuestas.
Tampoco preguntas.
Traía presencia.
Se sentaba junto a la ventana donde la luz entraba primero,
esa luz que no exige ser entendida, solo recibida.
Del otro lado, una anciana miraba el amanecer
como si fuera nuevo
y antiguo
al mismo tiempo.
—Es bonito —dijo ella una mañana, sin saber a quién se lo decía.
Y lo era.
No porque lo recordara,
sino porque el amanecer nunca se repite exactamente igual,
aunque parezca el mismo.
El visitante no corrigió nada.
No explicó nada.
No pidió nada.
Se quedó.
Cachopo comprendió entonces algo que solo se aprende
cuando el amor envejece bien:
hay afectos que no necesitan ser reconocidos para existir,
solo acompañados.
El sol terminó de levantarse.
Las hojas brillaron un instante más.
El mundo siguió, como siempre.
Desde su rama, Cachopo cerró los ojos un segundo
y pensó que la vida, cuando es generosa,
no promete eternidad…
pero concede regresos.
Y al día siguiente,
antes de que el sol apareciera,
Cachopo volvió a despertar.
No porque tuviera prisa,
sino porque el amanecer siempre llega mejor
cuando alguien lo espera.

A mi madre

Deja un comentario