Cachopo llegó al claro cuando la música ya estaba sonando.
No preguntó cuánto había esperado el hombre ni cuántas veces había dicho “algún día”.
Eso, pensó, no importa cuando el cuerpo ya está sentado y el corazón no corre.

El hombre no lloró.
No levantó los brazos.
No pensó en el tiempo perdido ni en el que vendría después.
Simplemente escuchó, como quien por fin entiende un idioma que siempre estuvo ahí.

Cachopo observó sus manos quietas, el rostro sin urgencia,
y comprendió que algunos sueños no llegan para cambiar la vida,
sino para acomodarla.

La música siguió.
El mundo no se detuvo.
Nada extraordinario ocurrió.

Y sin embargo, en esa quietud,
el hombre dejó de explicarse a sí mismo por qué había esperado tanto.
Ya no hacía falta.

Cachopo inclinó apenas la cabeza —no en señal de triunfo,
sino de reconocimiento—
y pensó que hay noches que no vienen a enseñarnos nada,
sino a confirmarnos que estar ahí también es una forma de llegar.

El bosque guardó silencio.
La música siguió su camino.
Y por primera vez en mucho tiempo,
nadie tuvo prisa por que algo más sucediera.


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