Cachopo estaba solo,
mirando el bosque sin buscar nada en particular.
El sendero permanecía quieto
y el aire parecía haber decidido no moverse.
Al girar apenas la mirada,
Txangurro ya estaba ahí,
sentado a un costado del camino,
como si hubiera llegado mucho antes
y solo hubiera esperado a ser notado.
Cachopo no descendió de la rama.
Tampoco habló.
El ojo antiguo que llevaba al cuello
reposó un instante sobre la figura del visitante,
no para juzgarla,
sino para reconocerla.
Txangurro apoyó su vara en el suelo
y dijo, sin levantar la voz:
—El mar no me enseñó a hablar.
Me enseñó a esperar a que valiera la pena.
Nada más fue dicho.
Desde entonces,
Txangurro aparece muy de vez en cuando.
No anuncia su llegada
ni explica su partida.
Y Cachopo, cuando lo ve,
no se apresura.
Sabe que algunas presencias
no vienen a quedarse,
sino a recordar.


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