Cuando la libertad dejó de pedir permiso

En el Bosque se hablaba mucho de libertad.
Se pronunciaba con solemnidad, se compartía en murmullos orgullosos y se exhibía como medalla invisible.
Todos decían poseerla.
Pocos parecían ejercerla.

Cachopo lo sabía.
No porque lo hubiera leído en libros antiguos, sino porque llevaba años observando el mismo gesto repetido:
alas abiertas… con miedo a volar.

Una mañana, un ave joven dejó su rama habitual.
No discutió con nadie.
No anunció su partida.
No explicó sus razones.
Simplemente voló.

El Bosque se inquietó.

—Se cree más que nosotros —dijo uno.
—Es soberbia —opinó otro.
—Si fuera realmente libre, se habría quedado a dialogar —sentenció un tercero.

Cachopo no intervino.
Se limitó a mirar cómo el ave se perdía entre la luz.

Días después, comenzaron las preguntas.
No sobre el ave, sino sobre la ausencia.
¿Por qué molestaba tanto que alguien no pidiera permiso?
¿Por qué incomodaba más el silencio que la rebeldía?

Entonces Cachopo habló, solo una vez:

—La libertad auténtica no se anuncia.
—No se justifica.
—Y casi nunca es aplaudida.

Hizo una pausa. El Bosque escuchaba.

—Quien necesita aprobación para ser libre
—ya ha entregado sus alas
—antes de intentarlo.

Nadie respondió.
Algunos bajaron la mirada.
Otros se aferraron más fuerte a sus ramas.

Cachopo cerró los ojos.
Sabía que no todos estaban listos.
La libertad, cuando deja de pedir permiso,
no libera multitudes…
libera conciencias.

Y eso,
no siempre gusta.

La libertad auténtica incomoda porque no pide permiso,
y quien exige explicación suele temer ejercerla.


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