Me siento profundamente agradecido de poder conversar con hombres que iluminan mis preguntas. Luis, maestro y amigo; Hugo, espíritu joven, ávido y brillante. Ellos no solo leen: dialogan, cuestionan, devuelven la palabra transformada.

Retomábamos hace poco la charla inevitable: la muerte.

Y la pregunta emergió con sencillez brutal:

¿Es acaso principio o fin la muerte?

He aprendido —como muchos— que debemos morir antes de morir. Morir al vicio, al error, a la ambición vulgar. Morir para renacer a la virtud. Esa muerte simbólica ha sido celebrada por filósofos y místicos.

Pero la otra muerte…
la que enfría la piel, la que inmoviliza el gesto, la que clausura la mirada…
esa no admite metáforas fáciles.

He visto cuerpos sin vida.
Y en ese silencio absoluto, ninguna alegoría resuelve el impacto.

Entonces me pregunto:

¿Le tememos a la muerte…
o al juicio sobre cómo vivimos?

Platón afirmaba que filosofar es ejercitarse en morir: separar el alma de lo sensible para contemplar lo eterno.
Tomás de Aquino, más prudente, diría que la muerte no es liberación plena sino ruptura: el alma subsiste, pero el hombre no está completo sin su cuerpo.
Heidegger, por su parte, no habla del alma; habla del ser. La muerte no es un evento futuro, sino la posibilidad que estructura cada instante de nuestra existencia.

Y entonces comprendo algo que antes no veía con claridad:

La muerte no es solo lo que ocurre al final.
Es el límite que da forma a mi libertad ahora.

Si no muriéramos, nada urgiría.
Si nada urgiera, nada decidiríamos.
Si nada decidiéramos, no habría virtud posible.

He acumulado cosas. Algunas útiles, otras triviales. Sé que ninguna cabrá conmigo en un cajón de madera. Ese límite material es brutalmente honesto. Pero el verdadero peso no está en lo que poseí, sino en lo que construí interiormente.

Ese arquitecto personal —ese constructor silencioso del templo interior— no trabaja para el aplauso externo. Trabaja para la coherencia del Yo con mayúscula.

Descubrir el error en uno mismo es tarea ardua.
Más difícil aún es no distraerse mirando el error ajeno.

La muerte, vista así, deja de ser enemiga.
Se convierte en revelación.

¿Es fin del cuerpo? Sí.
¿Es revelación del ser? Tal vez.
¿Es preparación para algo más? Eso pertenece al ámbito de la fe.

Pero lo que sí es cierto —aquí, ahora— es que vivir sabiendo que moriremos nos obliga a vivir con mayor conciencia.

No creo que el mundo nos prepare para caer.
No creo que nos enseñen a fracasar.
Mucho menos a morir.

Pero quizá el verdadero aprendizaje consista en aceptar que el final no es accidente sino condición.

La muerte tiene esa dualidad:
es fin y es principio.
Fin de lo visible.
Principio de lo que aún ignoramos.

Y mientras tanto, la tarea es clara:

Vivir cada día como quien sabe que la obra puede cerrarse en cualquier momento.

Hace un tiempo escribí preguntándome si la muerte era principio o fin.
Hoy regreso a esa pregunta, no para responderla, sino para habitarla con mayor serenidad


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