El reloj que se negó a dar la hora final

En la torre más antigua del bosque vivía un reloj orgulloso.

Había marcado nacimientos, despedidas, promesas y traiciones.

Sabía cuándo empezaban las historias…

y, sobre todo, cuándo terminaban.

Pero un día, al sentir que se acercaba la última campanada de un hombre que amaba demasiado la vida, el reloj decidió detenerse.

—No daré la hora final —susurró entre engranajes—.

Si no sueno… el final no llegará.

El bosque entero quedó suspendido.

Las hojas dejaron de caer.

El viento se contuvo.

El hombre siguió respirando… pero sin avanzar.

Entonces apareció Cachopo, con su ojo de la providencia brillando en el pecho.

—No es tu sonido el que termina la vida —dijo con calma—.

Es el tiempo el que cumple su curso.

El reloj, temblando, comprendió algo doloroso:

detener la hora no detiene el destino.

Solo congela el sentido.

Y cuando por fin dejó caer la campanada…

no hubo tragedia.

Hubo cumplimiento.

Desde entonces el reloj entendió que no está para decidir finales,

sino para dar ritmo a los comienzos.

Moraleja (si es que la hay):

Negar el final no prolonga la vida.

La profundidad está en vivir cada hora sabiendo que es única.


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