El santo que no quería ser patrón del amor

Aquella noche el bosque estaba inusualmente silencioso.

No había guirnaldas.

No había corazones colgados en las ramas.

Ni descuentos, ni promesas al dos por uno.

Cachopo observaba desde su encina antigua cuando una ardilla pequeña, con una caja de chocolates en las manos, preguntó:

—Maestro… ¿por qué mañana todos celebran el amor?

Cachopo cerró los ojos un instante.

—Porque hace muchos siglos —respondió— hubo un hombre que creyó que amar no era un capricho… sino un acto de valentía.

La ardilla se acomodó para escuchar.

—En tiempos del emperador Claudio II —continuó— se prohibió a los jóvenes casarse. Decían que los hombres sin esposa eran mejores soldados. Más obedientes. Más dispuestos a morir.

Pero un sacerdote llamado Valentín de Roma pensaba distinto.

Casaba en secreto.

No vendía promesas.

No adornaba el compromiso con flores.

Simplemente unía manos temblorosas que deseaban caminar juntas.

Lo descubrieron.

Lo encarcelaron.

Y, según cuentan los viejos pergaminos, antes de morir escribió una carta firmada: “De tu Valentín.”

La ardilla apretó la caja de chocolates.

—¿Y él quería que lo celebraran así? —preguntó mirando los envoltorios brillantes.

Cachopo abrió los ojos y la miró con una ternura grave.

—No lo sé. Pero dudo que haya dado la vida para que el amor se mida en envolturas.

El bosque quedó en silencio.

—Tal vez —continuó el búho— el verdadero homenaje no está en los regalos… sino en el riesgo de amar cuando no conviene. En elegir a alguien cuando nadie obliga. En sostener la promesa cuando el entusiasmo ya no grita.

La ardilla dejó la caja sobre una piedra.

—Entonces… ¿celebramos el sacrificio o los chocolates?

Cachopo inclinó ligeramente la cabeza.

—Celebramos lo que nos resulta más cómodo.

El viento movió las hojas.

Y por un instante, en el bosque no se escuchó ninguna oferta.

Solo el latido discreto de algo que no necesita envoltura.


“Celebramos lo que nos resulta más cómodo.”

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