En una rama alta, en medio del bosque, vivía un búho que cada noche contaba historias.
No eran historias ruidosas ni llenas de hazañas.
Eran relatos sencillos sobre la libertad, sobre el paso del tiempo, sobre las pequeñas decisiones que cambian la vida de los animales.
Cada noche, el búho abría sus alas, acomodaba sus plumas y comenzaba a hablar.
Algunos animales pasaban por el sendero.
Unos se detenían unos instantes.
Otros escuchaban apenas una frase antes de seguir su camino.
Pocos decían algo.
Nadie aplaudía.
Y muchas veces el búho terminaba su relato mirando el bosque en silencio, con la extraña sensación de haberle hablado sólo al viento.
Pasaron muchas lunas así.
Una noche, después de contar una de sus fábulas, el búho suspiró y murmuró:
—Quizá mis historias no le importan a nadie.
Pero al amanecer ocurrió algo curioso.
El búho observó que algunos senderos del bosque habían cambiado.
El ciervo que siempre corría sin mirar ahora caminaba con calma.
El zorro que discutía con todos guardaba silencio antes de responder.
Y un pequeño erizo había dejado de temerle a la noche.
El búho comprendió entonces algo que antes no había visto.
Muchos animales escuchaban…
pero no lo decían.
Algunos guardaban las historias en silencio.
Otros las llevaban consigo por los caminos del bosque.
Y el viento —ese que parecía llevarse las palabras— en realidad las sembraba.
Desde aquella mañana, el búho siguió contando sus fábulas.
Ya no para recibir aplausos.
Sino porque había comprendido que las historias, cuando son verdaderas, siempre encuentran algún lugar donde quedarse.
Y mientras el bosque despertaba, el viento siguió viajando entre los árboles…
llevando palabras que, aunque nadie lo dijera en voz alta,
muchos corazones habían escuchado.
Moraleja
Las historias no siempre buscan aplausos.
A veces sólo necesitan un corazón dispuesto a escucharlas.

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