Una mañana, Cogote encontró una huella marcada en el barro.
Era perfecta.
Profunda.
Ningún animal del bosque supo decir de quién era.
Cogote sintió un estremecimiento.

—Esto merece una investigación.
Durante los siguientes tres días recorrió el bosque entero.
Preguntó al zorro si había visto algún forastero.
Consultó al topo sobre la dirección del terreno.
Habló con los cuervos acerca del viento.
Dibujó mapas sobre la arena.
Midió la distancia entre los dedos de la huella.
Incluso construyó una pequeña maqueta con ramas para reconstruir lo ocurrido.
Cada respuesta generaba dos preguntas nuevas.
Y cada pregunta hacía crecer una teoría aún más complicada.
Al cuarto día, agotado pero convencido de estar muy cerca de resolver el misterio, reunió a todos los animales.
Extendió sus dibujos sobre una roca.
Respiró hondo.
—Después de un análisis cuidadoso —dijo con solemnidad—, sólo existen tres posibilidades.
La primera…
En ese momento apareció Eskerrikasko.
Miró los mapas.
Miró la huella.
Después observó las patas embarradas de Cogote.
Guardó silencio unos segundos.
Se acercó despacio.
Apoyó una de sus patas junto a la marca del barro.
Coincidían exactamente.
Levantó la vista y sonrió con esa inocencia que sólo tienen quienes todavía no han aprendido a complicar el mundo.
—Cogote…
Creo que la huella es tuya.
El bosque entero quedó en silencio.
Cogote bajó lentamente la mirada.
Volvió a observar la marca.
Después sus propias patas.
Durante unos instantes nadie dijo una sola palabra.
Finalmente, Cogote soltó una carcajada tan grande que terminó riéndos
e de sí mismo.
Y, poco a poco, todos los animales comenzaron a reír con él.
Desde la rama más alta del viejo roble, Cachopo cerró los ojos.
—Hay misterios que exigen toda una vida para comprenderse…
—y otros que sólo necesitan detenerse un momento para mirar dónde estamos parados.
Tras las hojas del bosque…
Esta fábula está inspirada en Guillermo de Ockham (1287–13
47), fraile franciscano y filósofo medieval, recordado por una idea que hoy conocemos como la Navaja de Ockham.
Con frecuencia se resume diciendo: «La explicación más sencilla suele ser la mejor.» Pero esa frase simplifica demasiado su pensamiento.
Lo que Ockham realmente proponía era algo más prudente: cu
ando dos explicaciones responden igual de bien a un problema, no añadas hipótesis innecesarias. No se trata de desconfiar de la complejidad, sino de no fabricarla cuando no hace falta.
En nuestra vida ocurre con frecuencia. Buscamos conspiraciones donde hay descuidos, destinos donde hay decisiones, enemigos donde sólo había un malentendido. A veces construimos laberintos enteros para evitar mirar aquello que estaba frente a nosotros desde el principio.
La sabiduría no consiste en encontrar siempre la respuesta más complicada.
Muchas veces comienza con la humildad de preguntarnos si la respuesta ya estaba… bajo nuestros propios pies.

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