Aquella primavera, Cachopo emprendió el largo vuelo hacia Donostia para visitar a un viejo amigo.
Encontró a Xangurro en la playa de La Concha, mucho antes del amanecer.
La marea acababa de retirarse.
La arena estaba cubierta de conchas, piedras oscuras, algas y pequeños troncos que el mar había dejado durante la noche.
Desde lejos parecía un hermoso desorden.

Sin embargo, Xangurro no hacía nada.
Permanecía inmóvil.
Con el gorro frigio ligeramente inclinado por la brisa del Cantábrico y sus viejos Converse hundidos en la arena húmeda, contemplaba un pequeño charco.
Cachopo se acercó.
Miró dentro del agua.
Sólo vio el reflejo del cielo.
Las últimas estrellas.
Una luna que comenzaba a apagarse.
Y el primer azul del amanecer.
—¿Qué esperas? —preguntó.
Xangurro sonrió con la calma de quien no tiene prisa.
—A recordar.
Entonces dio un paso.
Movió una piedra apenas unos centímetros.
Después acercó una concha blanca.
Giró un tronco.
Separó unas algas.
Nada parecía tener sentido.
Durante horas continuó así.
Nunca levantaba la vista sin volver antes al pequeño espejo de agua.
Al mediodía, la playa seguía pareciendo la misma.
Pero algo había cambiado.
Las piedras dibujaban una curva.
Las conchas respondían a otra.
Los troncos marcaban un ritmo silencioso.
Desde el suelo era imposible comprenderlo.
Entonces una gaviota pasó sobre ellos.
Desde el aire lanzó un grito de asombro.
Todo el conjunto formaba la misma figura que las estrellas habían dibujado al amanecer sobre el charco.
No era una copia perfecta.
Sólo un humilde intento.
Cachopo permaneció largo rato en silencio.
Al caer la tarde, la marea regresó.
Las olas borraron una piedra.
Después otra.
Más tarde desaparecieron las conchas.
Finalmente el mar volvió a cubrir toda la playa.
Cachopo miró a Xangurro.
Esperaba encontrar tristeza.
Pero el viejo cangrejo simplemente contempló el horizonte.
Sonrió.
Y comenzó a caminar lentamente hacia su casa.
—¿No te duele que el mar deshaga tu trabajo? —preguntó Cachopo.
Xangurro respondió sin detenerse.
—El mar nunca deshace mi trabajo.
Sólo me recuerda que mañana tendré otra oportunidad de parecerme un poco más al cielo.
Cachopo observó el océano.
Luego levantó la vista.
Las primeras estrellas reaparecían sobre Donostia.
Y comprendió que hay obras destinadas a durar siglos…
y otras cuyo verdadero propósito consiste en recordar, aunque sólo sea por un instante, que el orden existe.
Tras las hojas del bosque…
Esta fábula nace del Demiurgo del Timeo de Platón.
Con frecuencia imaginamos al Demiurgo como un creador todopoderoso. Sin embargo, Platón lo presenta de otra manera: como un artesano que contempla un modelo perfecto de armonía y procura que el mundo material se le parezca lo más posible. No crea la materia desde la nada; trabaja con ella, la ordena y le da forma.
Por eso, el Demiurgo no vence al caos de una vez y para siempre. Su tarea consiste en acercar continuamente el mundo a un ideal de belleza y de orden.
Xangurro hace algo semejante.
No lucha contra el mar.
Sabe que la marea borrará su obra.
Pero también sabe que la armonía no pierde su valor porque sea pasajera.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas del Timeo:
La perfección no siempre consiste en conservar el orden para siempre, sino en volver a buscarlo cada vez que el mundo parece haberlo olvidado.

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