Eskerrikasko regresó al Bosque después de uno de sus largos viajes.

Había cruzado puertos, seguido barcos durante días y dormido sobre tejados cuyo nombre ya no recordaba.

Aquella tarde encontró a Cachopo sobre una rama, contemplando cómo el sol comenzaba a descender.

Eskerri se posó junto a él.

—He descubierto una cosa.

Cachopo lo miró.

—Eso suele ser peligroso.

—El horizonte no existe.

Cachopo giró lentamente la cabeza.

—Vaya. ¿Y cuándo ocurrió semejante desgracia?

—No te burles. Llevo toda la vida volando hacia él. Desde Donostia, desde otros puertos, incluso desde mar abierto. Siempre está delante de mí. Pero cuanto más vuelo, más se aleja.

Cachopo miró aquella línea lejana donde el cielo parecía tocar la tierra.

—¿Y qué piensas hacer?

—Dejar de creer en cosas que no puedo alcanzar.

Y Eskerrikasko cumplió su palabra.

Durante un tiempo sólo voló hacia lugares seguros.

Del árbol a la roca.

De la roca al tejado.

Del tejado al muelle.

Nunca emprendía un vuelo sin saber exactamente dónde terminaría.

Aquello le pareció bastante sensato.

Hasta que una mañana llegó al mar.

Necesitaba cruzarlo.

Pero delante de él no había árboles.

Ni tejados.

Ni rocas.

Ni siquiera podía distinguir la costa al otro lado.

Sólo agua.

Y arriba, cielo.

Eskerrikasko permaneció mucho tiempo inmóvil.

Cachopo, que había viajado con él hasta la costa, se posó cerca.

—No veo dónde voy a aterrizar —dijo Eskerri.

—Lo sé.

—No sé cuánto tardaré.

—Lo sé.

—Ni siquiera sé exactamente qué encontraré.

—También lo sé.

Eskerri comenzó a impacientarse.

—Entonces, ¿cómo quieres que vuele?

Cachopo guardó silencio.

La gaviota volvió a mirar el mar.

Sintió el viento bajo las alas.

Recordó todos los puertos a los que había llegado sin conocerlos antes.

Recordó las tormentas que había atravesado.

Las mañanas en que había partido sin saber exactamente cómo terminaría el día.

Y comprendió algo extraño.

Había pasado toda su vida haciendo cosas que, según su nueva regla, nunca debería haber comenzado.

Respiró.

Abrió las alas.

Y voló.

Cachopo permaneció en la costa observándolo hacerse cada vez más pequeño sobre el Cantábrico.

Cuando apenas era un punto blanco sobre el azul, Eskerrikasko volvió la cabeza y gritó:

—¡Cachopo!

—¿Qué?

—¡El horizonte sigue alejándose!

Cachopo sonrió.

—Entonces sigue volando.

Y Eskerrikasko siguió.

No porque supiera exactamente qué encontraría.

Ni porque alguien pudiera garantizarle que llegaría.

Siguió volando porque comprendió que quizá se había equivocado al pensar que todos los horizontes existen para ser alcanzados.

Algunos existen…

para darnos una dirección.

 Tras las hojas del bosque…

Esta fábula está inspirada en las reflexiones de Julia Kristeva, filósofa, psicoanalista, lingüista y escritora de origen búlgaro-francés, particularmente en Esa increíble necesidad de creer. Un punto de vista laico (2009).

Kristeva se aproxima a la creencia desde un lugar mucho más profundo que la simple adhesión a una religión o a un conjunto de dogmas. Su reflexión se dirige hacia una dimensión constitutiva de la experiencia humana: nuestra capacidad de confiar, investir de sentido, esperar y dirigirnos hacia algo que todavía no poseemos por completo.

Antes incluso de formular racionalmente aquello en lo que creemos, nuestra existencia ya se ha construido mediante actos de confianza. Confiamos en la palabra del otro. Establecemos vínculos. Deseamos. Prometemos. Esperamos. Nos proyectamos hacia un futuro que todavía no existe.

Por eso, hablar de la “necesidad de creer” no equivale simplemente a afirmar la necesidad de una religión determinada.

Kristeva escribe desde una perspectiva laica y psicoanalítica y se pregunta qué permanece en el ser humano cuando las certezas religiosas tradicionales dejan de ocupar el lugar que alguna vez tuvieron. Su respuesta conduce hacia una necesidad más originaria: aquella que nos permite otorgar sentido, establecer vínculos y continuar proyectándonos más allá de lo inmediatamente presente.

Eskerrikasko creyó que había alcanzado la madurez cuando decidió no confiar en nada que no pudiera tocar.

Pero pronto descubrió la paradoja.

Para vivir tendría que seguir emprendiendo viajes cuyo final desconocía.

Como hacemos nosotros.

Elegimos una profesión sin conocer la vida que nos espera.

Amamos sin garantías.

Tenemos hijos sin saber quiénes llegarán a ser.

Emprendemos proyectos cuya conclusión quizá nunca veremos.

Prometemos.

Esperamos.

Y seguimos caminando.

No porque poseamos la certeza absoluta de aquello que encontraremos, sino porque una existencia incapaz de dirigirse hacia lo que todavía no está presente terminaría encerrada únicamente en aquello que ya conoce.

Tal vez por eso la pregunta que deja Kristeva no sea simplemente:

¿En qué debemos creer?

Sino una anterior y quizá más radical:

¿Qué sería del ser humano si perdiera por completo la capacidad de creer?

Quizá algunos horizontes nunca estuvieron allí para que llegáramos hasta ellos.

Quizá estaban allí…

para que no dejáramos de volar.


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