
El invierno se acercaba al Bosque de Cachopo.
Los animales habían trabajado durante semanas construyendo refugios, pero pronto descubrieron un problema: no todos eran iguales.
Había una gran cueva seca junto al río.
Un tronco hueco protegido del viento.
Varias madrigueras pequeñas.
Y algunos rincones donde, cuando llegara la nieve, pasar la noche sería una verdadera desgracia.
Así que una mañana se reunieron para decidir cómo repartirlos.
El oso habló primero.
—Me parece sencillo. La cueva grande debe ser para mí.
—¿Por qué? —preguntó un ratón.
El oso pareció sorprendido de que aquello necesitara explicación.
—Porque soy grande.
El ratón miró su pequeño cuerpo.
—Entonces supongo que a mí me corresponde algo pequeño.
—Exactamente —respondió el oso, satisfecho de que finalmente alguien comprendiera cómo funcionaban las cosas.
El ciervo pidió el refugio cercano al prado.
La ardilla reclamó el árbol con más nueces.
El zorro eligió un lugar desde donde pudiera vigilar los senderos.
Y muy pronto todos estuvieron de acuerdo en una regla:
cada uno recibiría aquello que mejor conviniera a su naturaleza.
Parecía justo.
Hasta que Cachopo, que había permanecido escuchando desde una rama, abrió las alas y descendió al centro de la reunión.
—Me parece un magnífico reparto —dijo.
El oso sonrió.
—Sabía que estarías de acuerdo.
—Completamente —respondió Cachopo—. Sólo falta una pequeña condición.
Los animales lo miraron.
—Repartiremos hoy los refugios…
Hizo una pausa.
—Pero hasta mañana no sabremos qué animal seremos.
Nadie dijo nada.
El oso dejó de sonreír.
—¿Cómo que qué animal seremos?
—Muy sencillo —respondió Cachopo—. Mañana podrías despertar siendo ratón.
El oso miró al ratón.
Luego miró la pequeña madriguera que acababa de asignarle.
—Bueno… quizá esa entrada sea demasiado estrecha.
El ratón sonrió.
Cachopo continuó:
—Y tú podrías despertar siendo oso.
El ratón miró la enorme cueva.
—Quizá tampoco sea necesario que una sola familia ocupe todo eso.
La ardilla dejó de abrazar el árbol de las nueces.
El zorro comenzó a observar con cierta preocupación el refugio que había dejado junto al barranco.
Hasta el ciervo preguntó si no sería conveniente guardar un lugar para quien enfermara durante el invierno.
Curiosamente, nadie había pensado en eso unos minutos antes.
Volvieron a repartir.
Esta vez tardaron mucho más.
Hicieron entradas grandes y pequeñas.
Compartieron algunos espacios.
Reservaron los lugares más protegidos para los animales más vulnerables.
Y dejaron un refugio vacío por si algún desconocido llegaba al bosque durante una tormenta.
Cuando terminaron, el oso se acercó discretamente a Cachopo.
—Una pregunta…
—Dime.
—Eso de despertarme mañana convertido en ratón…
¿puede ocurrir de verdad?
Cachopo lo miró muy serio.
El oso tragó saliva.
Entonces el búho sonrió.
—No.
El oso respiró aliviado.
Cachopo levantó el vuelo.
—Pero necesitaste creer que podía ocurrir para acordarte de él.
Y aquella noche, mientras comenzaban a caer los primeros copos de nieve, nadie volvió a preguntar qué refugio merecía.
Empezaron a preguntarse qué refugio necesitarían…
si hubieran nacido en el lugar del otro.
Tras las hojas del bosque…
Esta fábula está inspirada en el filósofo estadounidense John Rawls y en uno de sus experimentos mentales más conocidos: el velo de la ignorancia, desarrollado en Teoría de la justicia.
Rawls nos propone imaginar que debemos escoger los principios con los que funcionará una sociedad sin conocer previamente qué lugar ocuparemos en ella.
No sabemos si seremos ricos o pobres, fuertes o vulnerables, sanos o enfermos; tampoco cuáles serán nuestras capacidades, nuestra posición social o las circunstancias que nos tocarán al nacer.
Detrás de ese velo, resulta mucho más difícil diseñar reglas destinadas únicamente a beneficiarnos.
El oso consideraba perfectamente justo recibir la cueva más grande mientras sabía que seguiría siendo oso.
Sólo cuando pudo imaginarse ratón comenzó a mirar aquella misma regla desde otro lugar.
Quizá Rawls no nos pide imaginar una sociedad donde todos tengan exactamente lo mismo.
Nos plantea una pregunta mucho más incómoda:
¿Consideraríamos justas nuestras reglas si antes de aceptarlas no supiéramos de qué lado de ellas nos tocará vivir?

Deja un comentario