Una mañana, Cachopo encontró un viejo letrero clavado en un árbol.

Decía:

A DIOS →

Cachopo lo leyó dos veces.

Miró hacia donde apuntaba.

Era un sendero estrecho que se perdía entre los árboles.

—Bueno —dijo—. Al menos alguien tuvo la amabilidad de poner una señal.

Y comenzó a caminar.

No había avanzado mucho cuando encontró otro letrero:

A DIOS → 7 km

Más adelante apareció otro:

A DIOS → POR LA MONTAÑA

Después uno más:

A DIOS → SÓLO POR AQUÍ

Y, unos metros después, otro señalaba exactamente en dirección contraria.

Cachopo se detuvo.

—Esto empieza a parecerse demasiado a una

 

reunión de expertos.

Continuó.

Preguntó a los pájaros.

Uno aseguró que Dios estaba detrás de las montañas.

Otro dijo que sólo podía encontrarse mirando las estrellas.

Un viejo zorro sostuvo que había que seguir el río.

Y un conejo afirmó haber conocido a alguien cuyo primo estaba absolutamente seguro de saber dónde vivía.

Cachopo decidió dejar de preguntar.

—Será mejor buscarlo yo mismo.

Al mediodía encontró una ardilla intentando liberar una pata atrapada entre dos ramas.

Cachopo miró el cielo.

El sendero era largo.

Si se detenía, perdería tiempo.

Se detuvo.

Entre ambos consiguieron apartar la rama.

—Gracias —dijo la ardilla—. ¿Qué buscas?

—A Dios.

—Debe ser importante.

—Eso espero.

Y siguió caminando.

Más tarde encontró unas bayas.

Tenía hambre.

Podía llevárselas todas.

Nadie estaba mirando.

Tomó algunas y dejó el resto junto al camino.

Esa noche, mientras descansaba bajo un árbol, escuchó pasos.

Era un pequeño ratón empapado por la lluvia.

Cachopo movió un ala y le hizo sitio.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó el ratón.

—Porque tienes frío.

—Sí, pero ¿por qué te importa?

Cachopo abrió un ojo.

—Porque puedo ayudarte.

El ratón insistió:

—¿Y si nadie se entera?

Cachopo pensó unos segundos.

—Entonces seguirá estando bien.

El ratón se quedó dormido.

Cachopo, no.

Aquella respuesta le había dejado una pregunta.

Al amanecer continuó su viaje.

Cuanto más avanzaba, menos señales encontraba.

Hasta que desaparecieron por completo.

Ya no había flechas.

Ni indicaciones.

Ni animales diciéndole por dónde ir.

Sólo quedaban él, el Bosque y sus decisiones.

Encontró una fruta que no era suya y no la tomó.

Encontró un nido caído y lo devolvió a una rama.

Encontró un animal que le había mentido días antes y, aun así, lo ayudó a cruzar un arroyo.

Después de cada acción miraba hacia arriba.

Esperaba algo.

Una señal.

Una voz.

Quizá un pequeño reconocimiento.

Nada.

El cielo permanecía en silencio.

—Podrías colaborar un poco —murmuró Cachopo.

El cielo tampoco respondió a eso.

Tras varios días llegó finalmente al punto donde terminaba el sendero.

Cachopo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Apartó unas ramas.

Y encontró…

nada.

No había templo.

No había luz descendiendo del cielo.

No había voz.

Ni siquiera había otro letrero.

Sólo una piedra, un árbol y el horizonte.

Cachopo permaneció inmóvil.

Había atravesado medio Bosque buscando a Dios…

y Dios no estaba al final del camino.

—Pues vaya —dijo.

Se sentó sobre la piedra.

Entonces descubrió unas palabras casi borradas por el musgo.

Las limpió cuidadosamente.

Decían:

¿Por qué pensaste que tenías que llegar hasta aquí para comenzar a buscarlo?

Cachopo frunció el ceño.

Y recordó.

La ardilla atrapada.

Las bayas que había dejado.

El ratón bajo su ala.

El nido.

El arroyo.

Recordó también algo más importante:

nadie le había ordenado hacer ninguna de aquellas cosas.

Nadie lo había amenazado.

Nadie le había prometido recompensa.

Ni siquiera sabía si alguien lo estaba mirando.

Y, sin embargo, en cada ocasión había sabido que podía elegir.

Y había elegido.

El pequeño ratón, que había terminado siguiéndolo durante parte del camino, apareció entre los arbustos.

—¿Lo encontraste?

Cachopo miró nuevamente el horizonte.

—No.

El ratón se sentó junto a él.

—Entonces caminamos muchísimo para nada.

—No exactamente.

—¿Dónde estaba?

Cachopo tardó en contestar.

—Tal vez mi error fue buscar primero a Dios para que me dijera cómo debía vivir.

—¿Y ahora?

Cachopo contempló el sendero recorrido.

—Ahora sé que puedo preguntarme cómo debo vivir… incluso cuando nadie me responde.

El ratón pareció decepcionado.

—Eso no me dice dónde está Dios.

—No.

—¿Entonces ya no crees?

Cachopo sonrió.

—No confundas no saber con no poder creer.

El ratón guardó silencio.

Frente a ellos, el horizonte comenzaba a teñirse con la última luz de la tarde.

—Entonces —preguntó finalmente—, ¿encontraste a Dios o no?

Cachopo miró el sendero.

Después miró el cielo.

Y respondió:

—No.

Hizo una pausa.

—Pero encontré una razón para seguir buscándolo.

Y emprendieron el camino de regreso.

Esta vez…

sin seguir ninguna flecha.

Tras las hojas del bosque…

Esta fábula nació de la lectura de un artículo propuesto por la profesora de la materia de Filosofía de la Religión, dedicado a la relación entre razón práctica y religión racional en el pensamiento de Immanuel Kant.

Kant había establecido un límite decisivo: la razón teórica no puede convertir a Dios en un objeto de conocimiento del mismo modo en que conoce los fenómenos del mundo.

Pero cerrar una puerta no significó necesariamente terminar la búsqueda.

Quedaba otra pregunta.

No sólo:

¿Qué puedo conocer?

También:

¿Qué debo hacer?

Y allí comienza otro camino.

La acción verdaderamente moral no puede depender únicamente del miedo al castigo, de la esperanza de una recompensa o de una orden exterior. El ser humano debe poder reconocer racionalmente el deber y actuar libremente conforme a él.

Por eso Cachopo ayuda cuando nadie lo observa.

Comparte cuando nadie lleva la cuenta.

Y renuncia a la injusticia incluso cuando podría cometerla sin ser descubierto.

No actúa bien para obtener a Dios como recompensa al final del sendero.

Primero descubre el deber.

Después aparece la pregunta por Dios.

Ése es precisamente uno de los movimientos más sugerentes desarrollados en el artículo que inspiró esta historia: la acción no es buena porque el hombre busque a Dios; la búsqueda de Dios puede abrirse desde la propia experiencia moral. Razón pura práctica y religio…

Pero Cachopo tampoco encuentra una demostración.

Y eso es importante.

La religión racional que el texto examina no convierte a Dios simplemente en aquello que puede señalarse detrás de una piedra. La reflexión se desplaza hacia la libertad, la moralidad y finalmente hacia la esperanza; creer no equivale simplemente a conocer. Razón pura práctica y religio…

Por eso, cuando el ratón pregunta:

“¿Entonces ya no crees?”

Cachopo responde:

“No confundas no saber con no poder creer.”

Quizá algunas de las preguntas más profundas de la existencia no terminen con una respuesta escrita al final del camino.

Quizá terminen con algo más difícil:

la libertad de elegir cómo recorrerlo.

Porque a veces buscamos a Dios esperando encontrar una señal que nos indique cómo vivir…

y descubrimos que la primera señal estaba en aquella pregunta que nos acompañaba desde el principio:

¿Qué debo hacer?

Y quizá entonces comprendamos que no todos los senderos existen para llevarnos hasta una respuesta.

Algunos existen…

para mostrarnos quiénes decidimos ser mientras la buscamos.

 

 

respetuosamente a mi Mtro


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