Después de un largo viaje, Cachxiopin regresó al Bosque. Cachopo la vio llegar entre los árboles: blanca, serena, con su pequeño collar de Hermes brillando bajo la última luz de la tarde.
Pero Cachxiopini no traía libros, mapas ni tesoros.
Sólo una piedra diminuta.

Cachopo la observó durante un momento.
—¿Cruzaste medio mundo para traerme una piedra?
Cachxiopini ladeó la cabeza.
—No. Crucé medio mundo… y ésta decidió venir conmigo.
Cachopo volvió a mirar la piedra.
Estaba a punto de preguntar algo cuando un estruendo salió de los arbustos.
—¡PRIMOOOOOO!
Era Tlacoyo.
Llegó despeinado, con el listón rojo torcido y la seguridad de quien todavía no sabe que está a punto de decir una tontería.
Se acercó a la piedra.
La miró por un lado.
Luego por el otro.
—¿Es preciosa?
—No —respondió Cachxiopini.
—¿Tiene poderes?
—No.
—¿Es muy antigua?
—No lo sé.
Tlacoyo frunció el ceño.
—¿Entonces para qué sirve?
Caxopini miró a Cachopo.
—Para nada.
Hubo un pequeño silencio.
—La vi durante el viaje… y pensé en él.
Tlacoyo volvió a mirar la piedra.
Después miró a Caxopini.
Luego a Cachopo.
—Ahhh… entonces la piedra no vale nada.
Cachopo sonrió.
—No, Tlacoyo.
El pequeño búho se quedó pensando.
Esta vez tardó un poco más.
Finalmente volvió los ojos hacia aquella piedra insignificante y dijo:
—Ya entendí…
Vale porque alguien se acordó de alguien.
Nadie añadió nada.
El sol terminó de esconderse detrás de las montañas y los tres permanecieron un rato alrededor de aquella pequeña piedra.
Y aquella tarde, en el Bosque de Cachopo, algo que no valía nada…
terminó valiendo muchísimo.
Tras las hojas del bosque…
A veces buscamos el valor de las cosas en lo que cuestan, en su utilidad o en aquello que pueden hacer por nosotros.
Pero existen objetos completamente inútiles que guardamos durante años.
Una piedra.
Un boleto.
Una hoja seca.
Una nota doblada.
No valen por lo que son.
Valen porque alguien estuvo en algún lugar, vio algo insignificante y, por un instante, pensó en nosotros.
Quizá por eso algunos regalos no dicen:
“Mira lo que te traje.”
Dicen algo mucho más sencillo:
“Estabas conmigo, aunque no estuvieras allí.”
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