En lo profundo del bosque, un joven río descendía con ímpetu desde las montañas. Sus aguas rugían con fuerza, golpeando con furia contra una gran roca que se alzaba en medio de su cauce.
—“¡Apártate de mi camino!” —bramaba el río—. “Con mi ímpetu te haré pedazos.”

La roca, inmóvil, respondía con calma:
—“Llevo aquí desde antes que tus aguas nacieran. No me moverás con gritos ni con golpes.”
El río, encolerizado, embistió día tras día, ola tras ola. Su furia solo lograba agotarlo y desbordar sus orillas. Pero el tiempo, silencioso obrero del universo, siguió su labor invisible.
Poco a poco, las aguas constantes fueron puliendo la dureza de la
piedra, abriéndose paso hasta trazar un cauce nuevo y luminoso.
El río, entonces, entendió: la victoria no estaba en la violencia, sino en la constancia. La roca no fue destruida, pero sí transformada; y en ese diálogo secreto, ambos cambiaron para siempre.
Moraleja
La perseverancia vence donde la fuerza fracasa.
Quien trabaja como el aprendiz constante, gota a gota, descubre que incluso la roca más dura cede al tiempo y a la paciencia.

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