Un joven búho, recién salido del nido, descubrió en una vieja cabaña varios espejos abandonados.
Cada noche entraba en secreto y se quedaba horas observando su reflejo.
—“Mira qué porte tengo, qué mirada sabia. ¡Debo de ser el más sabio de los búhos!” —decía satisfecho.
Pronto dejó de escuchar a los árboles, de observar a las estrellas, de atender a los murmullos del bosque.
¿Por qué hacerlo, si en los espejos ya veía confirmada su grandeza?
Un día llegó Cachopo, el viejo búho viajero, y le preguntó:
—“¿Qué has aprendido del bosque, pequeño?”
El joven, ufano, respondió:
—“He aprendido que soy sabio, porque los espejos me lo muestran cada noche.”
Cachopo sonrió con tristeza.
—“Entonces aún nada has aprendido. Los espejos solo devuelven tu figura, nunca tu verdad. La sabiduría no se mira: se escucha, se calla, se comparte.”
Al día siguiente, el joven búho regresó a la cabaña. Los espejos estaban rotos, golpeados por el viento. Por primera vez levantó la vista al cielo y comprendió que el reflejo nunca había sido maestro.
MORALEJA:
La vanidad confunde el reflejo con la verdad.
Quien busca sabiduría en su propia imagen, solo encuentra ignorancia.


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