En un claro del bosque, un pavo real desplegaba cada mañana sus plumas brillantes. Caminaba orgulloso, convencido de que el sol salía solo para iluminarlo.
—“Ningún ser en este bosque puede igualar mi belleza. ¿Acaso no es la hermosura prueba de grandeza?” —decía, mientras los animales lo observaban con curiosidad.
Un ruiseñor, pequeño y discreto, lo escuchaba desde una rama. Cada noche, cuando el bosque se cubría de sombras, entonaba un canto suave que acariciaba los corazones cansados de los caminantes.
El pavo real, molesto, lo interrumpió:
—“¡Tus plumas son grises y tu cuerpo insignificante! ¿Por qué te atreves a cantar cuando yo, con mi esplendor, debería ser quien reciba toda la atención?”
El ruiseñor respondió sin alzar la voz:
—“Tus plumas solo resplandecen con la luz del sol; mi canto ilumina incluso en la oscuridad. La belleza puede atraer miradas, pero la voz que consuela permanece en el alma.”
Los viajeros siguieron pasando por el claro: pocos se detenían ante el pavo real, todos escuchaban al ruiseñor. Y el bosque comprendió que el brillo de las plumas no podía competir con la verdad de una melodía sincera.
MORALEJA:
La vanidad vive de los ojos; la sabiduría toca el corazón.
El verdadero valor no está en lo que deslumbra, sino en lo que permanece en silencio y luz interior.

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