En la penumbra de un viejo templo olvidado, una vela permanecía encendida.
Su pequeña llama iluminaba apenas las piedras gastadas y los símbolos ocultos en los muros.
Una noche, un soplo de viento se coló por una rendija y la llama tembló asustada.
—“¡Vete! —gritó la vela—, me apagarás y todo quedará en tinieblas.”
El viento rió suavemente:
—“¿Acaso no entiendes que sin mí nunca sabrás cuán fuerte es tu fuego?”
Durante días, la llama titubeó con cada ráfaga. Algunas veces estuvo a punto de extinguirse, otras se avivó y creció más luminosa que antes. Poco a poco comprendió que su fragilidad era también su fuerza.
Cachopo, desde lo alto de una viga, observaba en silencio y murmuró:
—“El que desea aprender teme a la prueba como la vela teme al viento, pero solo en el desafío descubre la solidez de su luz.”
Con el tiempo, la vela comprendió que el viento no era su enemigo, sino su maestro. Y mientras hubo viento, hubo también llama que aprendió a resistir.
MORALEJA:
Lo que parece amenaza puede ser la fuerza que nos enseña a brillar.
En la vida y en la muerte, la prueba revela la esencia de la luz.


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