En un corral polvoriento vivía un gallo vanidoso, orgulloso de su canto.
Cada mañana despertaba al vecindario y esperaba que todos lo aplaudieran por anunciar el sol, como si su voz fuera la causa del amanecer.
Un día, escarbando entre la tierra, encontró una moneda brillante.
El gallo la levantó con el pico y gritó:
—“¡Ved cómo la fortuna me ha elegido! ¡Soy el dueño de la riqueza, el más grande de los gallos!”
Corrió de un lado a otro, presumiendo la moneda ante las gallinas, que lo miraban con indiferencia.
Mientras tanto, olvidó buscar granos y gusanos, y no comió en todo el día.
Al caer la noche, hambriento y débil, miró de nuevo la moneda: fría, muda, incapaz de saciar su necesidad.
Cachopo, que observaba desde la rama de un viejo árbol, murmuró:
—“El necio confunde el brillo con el valor, y el aplauso con la verdad. No hay moneda que calme el hambre, ni vanidad que ilumine el espíritu.”
El gallo comprendió demasiado tarde que su hallazgo no era tesoro, sino engaño de su propia soberbia.
MORALEJA:
Lo valioso no siempre es lo que brilla, sino lo que alimenta.
La vanidad se sacia de apariencias; la sabiduría, de lo esencial.


Deja un comentario