El ancla que quiso aprender a volar

Una fábula de Cachopo en Portofino

Llegué a Portofino al amanecer.
El puerto estaba tan quieto que parecía contener la respiración, como si temiera despertar a los barcos dormidos.
Me posé sobre una amarra húmeda y vi algo que nunca había visto:
un ancla llorando.

Sí, llorando.
Tenía lágrimas de óxido que caían al agua como pequeñas confesiones metálicas.

—¿Por qué lloras? —le pregunté.
El ancla suspiró con un sonido grave, casi humano.
—Porque estoy cansada de hundirme siempre en el mismo lugar.
Quisiera… —titubeó— quisiera volar.

Me acomodé los lentes. No todos los días un ancla pide alas.

—¿Y para qué quieres volar?
—Para ver lo que los barcos ven. Para sentir lo que sienten las gaviotas.
Para conocer un mundo que no huela siempre a fondo marino.

El viento sopló desde la colina verde de Portofino y movió mis plumas.
El ancla parecía esperar mi juicio, como un niño que teme la respuesta.

—No puedes volar —le dije suavemente—.
Las alas no nacen del hierro…
pero tampoco la libertad.

El ancla guardó silencio.

—Escúchame bien —continué—.
Volar no es cuestión de altura, sino de destino.
Tú sostienes barcos.
Haces que quienes aman el mar no se pierdan.
Eso también es una forma de volar: mantener a flote lo que importa.

El ancla dejó de llorar.
Las lágrimas de óxido se mezclaron con el Mediterráneo, y por un momento creí escucharla respirar más ligera.

El sol se levantó finalmente, dorando las fachadas de las casas color pastel.
Las barcas empezaron a moverse, listas para partir.
Entonces lo vi: el ancla, sumergiéndose una vez más…
pero esta vez sin tristeza.

Había entendido lo que muchos humanos aún no comprenden:
que no todos los vuelos llevan cielo,
y no todas las alas tienen plumas.

el ancla que deseaba aprender a volar

Moraleja:

No envidies los vuelos ajenos: cada alma encuentra su altura en aquello que sostiene.


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