Las sombras que se bañaban en el Mediterráneo

Una fábula de Cachopo en Portofino

Esa tarde el Mediterráneo estaba tan quieto que parecía una alfombra azul estirada por los dioses.
El sol caía lento, rozando el agua como si la acariciara antes de despedirse.
Volé despacio sobre el puerto y me posé en una roca tibia, justo donde la luz se rompe en oro.

Y allí las vi.
Sombras.
No humanas, no de gaviotas, no de barcos.
Sombras que caminaban sobre la orilla como si fueran recuerdos buscando cuerpo.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté sin miedo.
Las sombras no hablan con voz; hablan con ausencia.
Pero una de ellas, la más delgada, se me acercó.
Se movía como si estuviera hecha de un suspiro viejo.

—Somos los pedazos que la gente deja atrás cuando se marcha —me dijo sin decir—.
Portofino está lleno de despedidas; nosotros somos lo que queda flotando.

Sentí un escalofrío en las plumas.
Las sombras continuaron avanzando hacia el agua.
Parecían hundirse, pero no desaparecían; se mezclaban con la luz del mar, como tinta en un poema.

—¿Y por qué se bañan?
La sombra respondió:
Para recordar que alguna vez fuimos cálidos.
Para sentir que no todo está perdido.
Para saber que todavía pertenecemos a alguien.

Me quedé mirando su danza.
Cada una tenía un color distinto:
unas eran grises; otras, casi violetas; otras, tan claras que parecían hechas de pensamientos no dichos.

De pronto, una sombra más pequeña se quedó atrás, temblando.
Tenía forma de niño.

—¿Tú también vienes a recordar? —le pregunté.
La sombra negó lentamente.
Yo vengo a despedirme, dijo.
Mi dueño no volverá.

El mar abrió sus brazos y la sombra entró en él sin ruido.
Y entonces comprendí algo que no se olvida, Juanito…
El Mediterráneo no solo guarda barcos y espejos de sol:
guarda las partes de nosotros que ya no sabemos cómo llevar.

Las sombras regresaron a la orilla.
Se sacudieron el agua sin prisa,
y una de ellas me tocó el ala apenas.
Un roce leve, pero suficiente para que entendiera:
lo que se hunde en el mar nunca se pierde,
solo cambia de forma.

Cuando el sol terminó de morir, volé hacia el puerto viejo.
Detrás de mí, las sombras continuaron bañándose en silencio,
como rituales de almas que aún buscan quién las nombre.

“Lo que se hunde en el Mediterráneo —pensó— no muere: cambia de forma”.

Moraleja:

Hay partes de nosotros que solo encuentran paz cuando el mar las abraza.


Descubre más desde las fabulas de cachopo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Comentarios

Deja una respuesta