Nunca olvidaré esa noche en que el viento de Marsella olía a sal y despedida.
Volé hasta el puerto viejo, donde las linternas tiemblan como si tuvieran corazón propio.
Me posé sobre una baranda oxidada y, para mi sorpresa, la linterna más vieja me habló.
Sí, así como lo oyes, Juanito: habló. Las cosas cansadas siempre guardan historias.
—Siempre enciendo mi luz para los barcos —me dijo—.
—Pero hace años que nadie me mira.
—¿Y por qué sigues brillando? —pregunté.
La linterna suspiró con un parpadeo tenue, como quien recuerda un amor antiguo.
—Porque si dejo de brillar, ¿cómo sabrían volver los que aún no han partido?
Me quedé callado.
A veces creo que los humanos piensan que solo existe lo que alguien aplaude o mira.
Pero esa linterna me enseñó que hay luces que cumplen su misión aunque nadie las vea.
Esas son las que sostienen al mundo.
Cuando la brisa del Mediterráneo me revolvió las plumas, entendí lo que debía hacer:
seguir alumbrando mis historias aunque haya noches sin lector.
Porque incluso las palabras perdidas encuentran destino en un alma cansada que necesita oírlas.

Moraleja:
Brilla aunque nadie te nombre; alguien en silencio sigue tu luz.

Deja un comentario