Un caminante creyó que el mundo ya estaba hecho.
Al entrar al Bosque de Cachopo, vio senderos bien marcados,
piedras acomodadas como si alguien las hubiera pensado,
y formas de andar que todos parecían seguir sin cuestionar.
Observó a otros caminantes avanzar por los mismos caminos,
detenerse en los mismos lugares,
repetir las mismas costumbres.
—Así son las cosas —pensó.

Durante días caminó sin apartarse de los senderos.
Pisaba donde otros habían pisado.
Elegía lo que ya parecía decidido.
Hasta que una tarde vio algo distinto.
Un hombre dejó el camino marcado
y atravesó el bosque por donde nadie había pasado antes.
No parecía perdido.
Tampoco apresurado.
Simplemente caminaba… como si eligiera cada paso.
El primer caminante lo observó con extrañeza.
—Ese no es el camino —le dijo.
El otro se detuvo un instante.
—¿Y quién decidió cuál sí lo es?
El bosque guardó silencio.
Por primera vez, el caminante miró con atención lo que antes daba por hecho.
Los senderos no habían aparecido solos.
Las piedras no se habían acomodado por sí mismas.Las formas de andar no eran naturales…
Habían sido dejadas por otros.
Eran huellas.
Esa noche, mientras el viento cruzaba entre los árboles, comprendió algo más profundo.
Él también estaba dejando las suyas.
Cada paso, cada decisión, cada silencio…
iban marcando el bosque.
Al día siguiente no abandonó todos los caminos.
Pero tampoco los siguió ciegamente.
Comenzó a elegir.
Y al hacerlo, descubrió algo que no había visto antes:
El mundo no estaba terminado.
Desde lo alto de una rama antigua, Cachopo observaba con su libro abierto.
Sus ojos seguían cada movimiento mientras la pluma se deslizaba con calma sobre la página.
Y al terminar, escribió:
“El mundo que habitamos no sólo se recibe…
también se continúa.”
Moraleja
Cada persona no sólo camina sobre el mundo…
también deja en él su forma de ser.

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