Aquella noche, el bosque no durmió…
pero tampoco despertó.
No hubo viento.
No hubo canto.
Ni siquiera las hojas se atrevieron a caer.
Cachopo permanecía inmóvil,
como si supiera que no era momento de entender…
sino de esperar.
A su alrededor,
los demás guardaban distancia.
No por miedo,
sino por respeto.
Entonces ocurrió.
No fue un estruendo.
No fue un anuncio.
Solo un rayo de luz,
fino, preciso,
descendió entre los árboles
y tocó la tierra como quien recuerda su lugar.
Nadie habló.
Pero todos comprendieron.
Porque hay cosas que no terminan…
solo esperan su momento.

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