En un valle donde nunca anochecía del todo, vivían criaturas que habían aprendido a no mirar demasiado lejos.

El lugar era hermoso…
árboles altos, ríos tranquilos, cielos siempre tibios.
Pero había algo extraño:
nadie hablaba de lo que dolía.

En el centro del valle existía un mercado muy peculiar.
Ahí se vendían cosas invisibles:

— Olvidos ligeros
— Verdades a medias
— Decisiones sin peso

Y eran las más compradas.

Un día, Cachopo, el búho viajero, llegó al valle.
Traía consigo un viejo libro abierto —como siempre— y un pequeño colgante en forma de ojo que parecía observar más allá de lo evidente.

Se posó en una rama y escuchó.

—Aquí nadie sufre —decía un zorro con sonrisa fácil.
—Aquí cada quien decide lo que es bueno para sí —agregó una liebre mientras evitaba mirar al río.

Cachopo no respondió.

Solo caminó.

Al avanzar, encontró algo que no estaba en el mercado.

Un rincón oculto…
silencioso…
olvidado.

Ahí yacía un viejo reloj de arena roto.
La arena caía sin orden… como si el tiempo hubiera dejado de importar.

A su lado, una tortuga anciana apenas respiraba.

—¿Por qué nadie está aquí? —preguntó Cachopo.

La tortuga abrió los ojos lentamente.

—Porque aquí… las decisiones pesan.

Cachopo miró el valle.

Y entendió.

No era que no hubiera dolor…
era que habían aprendido a silenciarlo.

No era que no hubiera muerte…
era que habían aprendido a justificarla.

Esa noche —la más oscura que el valle había tenido en años—
Cachopo subió a la rama más alta y habló por primera vez:

—El problema no es elegir…
es olvidar que hay cosas que no deberían depender de nuestra elección.

El viento se detuvo.

Algunos bajaron la mirada.

Otros… por primera vez, sintieron incomodidad.

A la mañana siguiente, el mercado seguía ahí.
Pero ya no se veía igual.

Algunos puestos estaban vacíos.
Otros… comenzaban a ser cuestionados.

Y en el rincón olvidado, alguien había recogido el reloj de arena.

No para arreglarlo…
sino para recordar que el tiempo —y la vida—
no son cosas que se puedan tratar como si no importaran.

 Moraleja

Cuando una cultura aprende a hacer ligeras las decisiones más profundas,
no elimina el peso de la vida…
solo deja de sentirlo.


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