En lo profundo del bosque existía un tribunal del que nadie regresaba

siendo el mismo.
No tenía guardias.
No tenía cadenas.
No tenía verdugos.
Sólo preguntas.
El lugar había sido construido por un viejo búho llamado Cachopo, quien durante a
ños creyó que la razón podía iluminarlo todo.
Cada noche, criaturas de todos los rincones acudían ante él.
El zorro hablaba de astucia.
El lobo defendía la fuerza.
El cuervo presumía conocimiento.
Incluso los hombres atravesaban el bosque para escuchar las sentencias del gran búho.
Y Cachopo juzgaba a todos.
Con libros antiguos abiertos frente a él, analizaba palabras, ideas, emociones y sueños como si cada pensamiento pudiera pesarse en una balanza perfecta.
Nada escapaba a su juicio.
Ni el amor.
Ni la fe.
Ni la muerte.
Con el paso del tiempo, el tribunal se volvió famoso.
Decían que el viejo búho podía distinguir la verdad de la mentira con sólo mirar a los ojos.
Y poco a poco…
Cachopo comenzó a creerlo.
Hasta que una noche llegó un visitante distinto.
No tenía rostro.
No tenía nombre.
Ni siquiera parecía caminar.
Era apenas una sombra envuelta en niebla.
—He venido para ser juzgado —dijo con una voz tranquila.
Cachopo abrió uno de sus enormes libros.
—¿Qué has hecho?
—He dudado de todo.
El búho sonrió con superioridad.
—Entonces has vivido perdido.
La sombra guardó silencio unos segundos.
Después preguntó:
—¿Y quién juzga al juez?
El viento atravesó el tribunal.
Las velas comenzaron a apagarse una por una.
Por primera vez en muchos años, Cachopo no respondió.
La sombra avanzó lentamente hasta colocar un espejo negro frente al viejo búho.
—Has pasado la vida observando el mundo…
pero jamás te atreviste a mirar los límites de tu propia razón.
Cachopo levantó la vista.
Y en aquel espejo no vio plumas.No vio sabiduría.
No vio grandeza.
Sólo vio cansancio.
Vio orgullo disfrazado de inteligencia.
Vio el miedo secreto de quien necesita comprenderlo todo para no aceptar que existen misterios imposibles de dominar.
El viejo búho permaneció inmóvil.
Afuera, el bosque seguía respirando bajo la lluvia.
Entonces comprendió algo que ninguno de sus libros le había enseñado jamás:
la razón puede iluminar muchos caminos…
pero también puede enceguecer a quien cree poseer la verdad absoluta.
Aquella noche el tribunal quedó vacío.
Las criaturas dejaron de escuchar sentencias.
Y cuentan que desde entonces, Cachopo ya no se sentó en el trono de piedra.
Prefirió caminar en silencio bajo los árboles,
haciendo preguntas que nunca intentó responder del todo.
Porque descubrió que la verdadera sabiduría no nace cuando uno cree tener todas las respuestas…
sino cuando aprende a reconocer los límites de sus propias preguntas.

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