En una parte olvidada del bosque vivía una pequeña criatura que jamás había hablado con nadie.
No porque fuera peligrosa.
Sino porque nadie parecía notarla.
Las demás criaturas caminaban junto a ella como si fuera sombra.
Como si no existiera.
Y con el paso del tiempo…
la criatura comenzó a olvidarse de sí misma.
Ya no jugaba.
Ya no cantaba.
Ya no soñaba.
Porque hay silencios que no nacen de la paz…
sino de sentirse invisible.
Una tarde, el viento del mar llegó hasta el bosque.
Y con él apareció una gaviota blanca llamada Eskerrikasko.
Traía olor a sal, cielo abierto y lugares lejanos.
Las criaturas del bosque la observaron con curiosidad.
—¿Qué hace una gaviota tan lejos del mar? —preguntaron algunos.
Eskerrikasko sonrió suavemente.
—A veces el viento lleva a las criaturas exactamente al lugar donde alguien las necesita.
Mientras caminaba entre árboles antiguos, notó algo extraño entre las sombras.
Una pequeña criatura escondida detrás de unas raíces.
Quieta.
Silenciosa.
Casi borrada por el bosque mismo.
La gaviota se detuvo.
La observó unos segundos y preguntó con dulzura:
—¿Cómo te llamas?
La criatura tembló.
Nadie le había hecho esa pregunta jamás.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza…
sino de algo que había olvidado hacía mucho tiempo:
la sensación de existir para alguien.
Por primera vez en años, tomó aire profundamente.
Y con una voz pequeña, casi rota, susurró su nombre.
El bosque guardó silencio.
Como si incluso los árboles comprendieran la importancia de aquel instante.
Desde lo alto de un viejo roble, Cachopo cerró lentamente su libro.
Porque entendió algo que muchos jamás descubren:
ninguna criatura puede conocerse del todo…
si nunca ha sido mirada verdaderamente por otra.
Y aquella tarde, mientras el viento del mar atravesaba el bosque,
la pequeña criatura dejó de sentirse invisible.
Porque a veces…
una sola pregunta puede devolverle el alma a alguien.


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