Después de un buen tiempo  sin abandonar el bosque, Cachopo decidió viajar al norte.

Atravesó montañas, siguió ríos y caminó durante semanas hasta llegar a una ciudad junto al mar llamada San Sebastián.

Había escuchado que allí las gaviotas discutían con el viento, que las tormentas olían a sal y que las tabernas escondían historias más antiguas que algunos libros.

Aquello despertó su curiosidad.

Una tarde lluviosa, mientras caminaba por el puerto, vio algo que llamó su atención.

Sentada frente al mar estaba una enorme morsa.

Llevaba una bufanda gastada alrededor del cuello.

 

A su lado descansaba una botella de whisky.

Y sobre sus piernas sostenía una libreta donde escribía con absoluta concentración.

Cachopo observó durante unos segundos.

Luego se acercó.

—¿Qué escribes?

La morsa levantó la vista.

—Una poesía.

—¿Sobre qué?

—Sobre una sopa que me cambió la vida.

Cachopo parpadeó lentamente.

 

Después volvió a mirar la libreta.

Luego la botella.

Luego el mar.

Y finalmente a la morsa.

—¿Una sopa?

—Sí.

—¿Y eso merece una poesía?

La morsa sonrió.

—Las mejores cosas suelen merecer una.

Cachopo permaneció en silencio.

Aquella respuesta le parecía absurda.

 

Durante años había estudiado el tiempo, la muerte, la libertad y la naturaleza de las cosas.

Y ahora se encontraba frente a una morsa que escribía versos sobre una sopa.

La lluvia continuó cayendo.

Finalmente preguntó:

—¿Cómo puede una sopa cambiar una vida?

Cogote cerró lentamente la libreta.

Miró el mar.

Y respondió:

—Hay criaturas que viajan miles de kilómetros buscando sentido.

Yo lo encontré un martes.

 

En una sopa de pescado.

El búho lo observó como si estuviera loco.

—No entiendo.

—Lo sé.

Cogote soltó una pequeña carcajada.

—Porque tú siempre buscas la vida en las respuestas grandes.

Yo aprendí a encontrarla en las pequeñas.

Luego señaló el puerto.

Los barcos.

Las gaviotas.

La lluvia.

Las luces reflejadas sobre el agua.

—Dime, amigo mío…

¿Cuántas veces has estudiado la felicidad?

—Muchas.

—¿Y cuántas veces te has sentado simplemente a disfrutarla?

Por primera vez en toda la conversación, Cachopo no respondió.

El viento del mar sopló entre ambos.

Y durante algunos minutos ninguno dijo una sola palabra.

Sólo observaron las olas.

 

Aquella noche no resolvieron ningún misterio.

No descubrieron ninguna verdad universal.

No cambiaron el mundo.

Pero cuando se despidieron, ambos habían aprendido algo.

Cachopo comprendió que algunas respuestas viven escondidas en los momentos más simples.

Y Cogote recordó que, de vez en cuando, también vale la pena hacerse preguntas.

Desde entonces se hicieron amigos.

Uno siguió buscando significado en las estrellas.

El otro siguió encontrándolo en una buena sopa.

Y ninguno volvió a pensar que el otro estaba equivocado.

Porque hay criaturas que encuentran la vida mirando el horizonte…

y otras que la descubren en una mesa junto al mar.

 Tras las hojas del bosque

Esta fábula nació de una intuición que apareció mientras estudiaba filosofía.

A veces creemos que la sabiduría pertenece únicamente a quienes buscan respuestas profundas.

Pero también existe otra forma de conocimiento: la de quienes aprenden a habitar plenamente los pequeños momentos de la vida.

Cogote no intenta convencer a Cachopo.

Y Cachopo tampoco intenta corregir a Cogote.

Ambos descubren que la verdad suele ser más grande que una sola mirada.

Quizá por eso algunas de las mejores conversaciones no terminan cuando alguien gana una discusión…

sino cuando ambos regresan a casa siendo un poco distintos.


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