Una mañana, Cachopo encontró un sendero que nunca había visto.
A la entrada había un letrero.
Decía:
«La verdad está al final del camino.»
Como era un búho curioso, decidió seguirlo.
Tras varias horas de caminata llegó a un claro.
Allí encontró otro letrero.
Más grande.
Más bonito.
Más elaborado.
Decía:
«La verdad está aquí.»
Cachopo sonrió.
Por fin había llegado.
Pasó varios días en aquel lugar.
Leyó.

Observó.
Reflexionó.
Y durante un tiempo estuvo convencido de que no existía nada más allá.
Pero una tarde descubrió algo extraño.
Algunas preguntas seguían sin respuesta.
Algunas cosas no encajaban.
Así que continuó caminando.
Días después encontró otro claro.
Y otro letrero.
También decía:
«La verdad está aquí.»
Cachopo se molestó.
—¡Eso decía el anterior!
Pero decidió quedarse.
Y descubrió cosas que jamás había visto.
Cosas que el primer claro no podía mostrarle.
Pasaron las estaciones.
Y el mismo patrón se repitió una y otra vez.
Nuevos senderos.
Nuevos claros.
Nuevos letreros.
Nuevas verdades.
Algunas corregían a las anteriores.
Otras parecían contradecirlas.
Algunas incluso parecían burlarse de lo que antes había creído.
Y sin embargo…
Cada una le permitía ver un poco más lejos.
Finalmente llegó a la cima de una montaña.
Desde allí pudo contemplar todo el camino recorrido.
Los senderos.
Los claros.
Los letreros.
Las equivocaciones.
Los descubrimientos.
Los errores.
Las certezas.
Entonces comprendió algo.
Ninguno de los letreros había mentido.
Pero ninguno había contado toda la historia.
La verdad no estaba en el primer claro.
Ni en el segundo.
Ni en el tercero.
Ni siquiera en la montaña.
La verdad era el camino entero.
Aquella noche, mientras observaba las estrellas, Cachopo sonrió.
Y por primera vez agradeció no haber tenido razón demasiado pronto.
Tras las hojas del bosque…
Esta fábula está inspirada en libro dela Fenomenología del Espíritu de Georg Wilhelm Friedrich Hegel.
Para Hegel, la verdad no suele aparecer de una vez y para siempre. La conciencia humana avanza por etapas: cree haber encontrado una respuesta definitiva, descubre sus límites, aprende de ellos y continúa su camino. Cada etapa contiene algo verdadero, pero también algo incompleto.
Por eso Hegel no veía el error simplemente como un fracaso, sino como un momento necesario del aprendizaje.
A veces no comprendemos una verdad porque sea falsa.
A veces no la comprendemos porque todavía estamos caminando.

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