El ciervo que quiso abrazar una estrella

Había una vez un joven ciervo que cada noche caminaba hasta un lago escondido en el corazón del bosque.

No iba a beber.

No iba a descansar.

Iba a contemplar una estrella.

Todas las noches, cuando el viento callaba y el agua se volvía un espejo perfecto, una única estrella aparecía reflejada sobre el lago.

El ciervo la observaba durante horas.

Con el paso de los días comenzó a creer que aquella estrella lo esperaba.

—¿Por qué no la tomas? —preguntó una ardilla.

—Porque aún no encuentro la forma.

Las noches pasaron.

El ciervo dejó de recorrer el bosque.

Ya no conversaba con los demás animales.

Ya no escuchaba el canto de las aves.

Solo esperaba que la estrella descendiera un poco más.

Un viejo castor intentó advertirle:

—Las estrellas no viven en el agua.

El ciervo sonrió con tristeza.

—Lo sé…

…pero cada noche vuelvo a verla ahí.

El castor guardó silencio.

No había nada más que pudiera decir.

Llegó el otoño.

Las primeras lluvias rompieron la calma del lago.

El reflejo desapareció.

El ciervo esperó una noche.

Luego otra.

Y otra más.

La estrella nunca volvió.

Desesperado, se lanzó al agua intentando encontrar aquello que había amado durante tanto tiempo.

Solo encontró el fondo frío del lago.

Salió empapado.

Cansado.

Y comprendió, por primera vez, que nunca había amado una estrella…

Había amado un reflejo.

Desde la rama de un viejo roble, Cachopo, que había observado todo en silencio, abrió lentamente los ojos.

No juzgó al joven ciervo.

Solo dijo:

—Hay reflejos que iluminan el camino…

…y otros que nos hacen olvidar mirar hacia el cielo.

El bosque volvió a guardar silencio.

Y esa noche, por primera vez, el ciervo levantó la vista.

La verdadera estrella seguía allí.

Siempre había estado allí.

Solo que él llevaba demasiado tiempo mirando hacia abajo.

¿Cuántas veces hemos confundido un reflejo con la realidad… solo porque nuestro corazón necesitaba creer en él?

Tras las hojas del bosque…

Esta fábula está inspirada en Las penas del joven Werther, de Johann Wolfgang von Goethe.

Goethe comprendió que el corazón humano puede enamorarse no solo de una persona, sino también de una idea, un recuerdo o una ilusión. El sufrimiento de Werther no nace de ignorar la realidad, sino de la dificultad de desprenderse de aquello que sabe inalcanzable.

Quizá la mayor enseñanza de su obra no sea dejar de amar, sino aprender a distinguir entre aquello que realmente existe… y aquello que únicamente refleja nuestros propios deseos.


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