Cada primavera nacía un árbol nuevo en el bosque.
No daba flores.
No daba frutos.
Solo producía hojas.
Cada hoja llevaba grabado el nombre de un habitante del bosque.
El zorro fue el primero en notarlo.
—¿Cuántas hojas tiene?
El viejo topo las contó.
—Ciento cincuenta.
Nada más.
Todos los años ocurría lo mismo.
El árbol jamás producía una hoja adicional.
Una ardilla preguntó:
—¿Y los demás animales?
El topo sonrió.
—Los conoce…
…pero no puede sostenerlos a todos.
Entonces apareció un cuervo joven.
Quiso demostrar que el árbol estaba equivocado.
Cada día colgaba nuevas hojas.
Doscientas.
Quinientas.
Mil.
Durante unos días el árbol parecía enorme.
Pero llegó el primer viento del otoño.
Las hojas añadidas comenzaron a caer.
Primero cientos.
Luego miles.
Hasta que solo quedaron…
las mismas ciento cincuenta.
Desde la rama más alta, Cachopo observó cómo el viento terminaba su trabajo.
No habló durante un largo rato.
Finalmente dijo:
—No es difícil conocer muchos nombres…
Lo difícil…
es recordar quién necesita que lo abracen cuando llega el invierno.
El bosque guardó silencio.
Nadie volvió a contar las hojas.
Tras las hojas del bosque…
Esta fábula está inspirada en la teoría del número de Dunbar, propuesta por el antropólogo Robin Dunbar.
Según sus investigaciones, los seres humanos podemos mantener alrededor de 150 relaciones sociales estables. No se trata de un límite para conocer personas, sino para sostener vínculos significativos.
En una época donde acumulamos cientos o miles de contactos, quizá la verdadera riqueza no esté en ampliar la lista de nombres, sino en cuidar a quienes todavía ocupan un lugar en nuestro árbol.

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