Caxhopini y el horizonte que no cabía en ninguna caja

Caxhopini tenía una costumbre extraña.

Guardaba todo aquello que le parecía hermoso

Una pluma que había encontrado junto al río.
Una piedra gris con una veta dorada.
Una hoja roja que el otoño había dejado caer justo frente a él.
Incluso había conseguido encerrar en un pequeño frasco el reflejo de la luna.

—Así no se perderán —decía.

 

Y por las noches abría su caja de tesoros para asegurarse de que todo continuara allí.

Una tarde, mientras volaba sobre el bosque, descubrió algo que nunca había visto de aquella manera.

El horizonte.

El sol descendía detrás de las montañas y una línea interminable dividía el cielo de la tierra. Había violetas, naranjas, azules y un resplandor que parecía no pertenecer a ningún lugar.

Caxhopini quedó maravillado.

Y, como siempre que algo le parecía hermoso, pensó:

—Tengo que guardarlo.

Regresó al bosque y buscó la caja más grande que encontró.

Subió hasta la copa de un árbol, abrió la tapa y esperó.

Pero el horizonte permaneció lejos.

Entonces voló hacia él.

Voló durante mucho tiempo.

Y cuanto más avanzaba, más lejos parecía encontrarse.

Cansado, regresó al rincón donde Cachopo observaba cómo comenzaban a aparecer las primeras estrellas.

—No pude atraparlo —dijo Caxhopini.

—¿A quién?

—Al horizonte.

Cachopo lo miró un momento.

—¿Y para qué querías atraparlo?

Caxhopini señaló su caja.

—Porque es hermoso. Y las cosas hermosas se pierden.

Cachopo observó la pluma, la piedra, la hoja y el pequeño frasco donde alguna vez había brillado la luna.

Después volvió la mirada hacia el horizonte.

—Tal vez algunas cosas desaparecen cuando intentamos poseerlas.

Caxhopini bajó la cabeza.

—Entonces… ¿qué hago con él?

Cachopo sonrió.

—Déjalo donde está.

Caxhopini volvió a mirar hacia las montañas.

El horizonte seguía allí.

Lejano.

Imposible.

Hermoso.

Y por primera vez comprendió que quizá amar algo no siempre significaba convertirlo en suyo.

Aquella noche cerró su caja de tesoros.

Pero dejó la ventana abierta.

Tras las hojas del bosque…

Esta fábula nace de una intuición presente en Emmanuel Lévinas: no todo deseo busca apropiarse de aquello hacia lo que se dirige.

La necesidad puede satisfacerse. Tenemos hambre y comemos. Tenemos frío y buscamos abrigo. Pero existe otro tipo de deseo: un deseo que no desaparece al alcanzar algo, porque se dirige hacia aquello que siempre permanece más allá de nosotros.

Lévinas habla del deseo metafísico como una apertura hacia lo Otro, hacia aquello que no puede reducirse a objeto, posesión o extensión del propio yo.

Quizá por eso el horizonte es una buena imagen.

Podemos caminar hacia él durante toda la vida, pero nunca convertirlo en propiedad.

Y precisamente por eso continúa llamándonos.

Esta fábula nació también de las lecturas y preguntas compartidas en Filosofía de la Religión con mi maestra, la Dra. María Elizabeth Aquino, cuyas reflexiones sobre Lévinas dejaron algunas puertas abiertas que terminaron conduciendo hasta este bosque.

Algunas clases terminan cuando se cierra el aula.

Otras continúan caminando mucho después entre los árboles.


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