BIENVENIDOS AL BOSQUE DE CACHOPO

Me llamo Cachopo.
No preguntes de dónde viene mi nombre, porque ni yo mismo lo sé. Algunos dicen que lo escucharon en el crujir de las hojas bajo mis alas; otros aseguran que fue un niño perdido quien me llamó así una tarde, y el eco del bosque lo guardó para siempre. Yo no lo discutí: los nombres, a veces, son dones que nos eligen.

Soy un búho viejo. Mis plumas guardan el polvo de caminos que no caben en un mapa. He volado sobre montañas que hablan con el viento, sobre ciudades donde los hombres olvidan su sombra, sobre mares que brillan como espejos de plata. He visto reír por lo pequeño y llorar por lo grande; he visto morir sin miedo y vivir con cadenas invisibles.

No siempre fui solitario. Hubo un tiempo en que compartí nido y compañía; pero el tiempo, con sus garras, me arrebató esas alas queridas. Desde entonces aprendí que la soledad no es vacío: es un templo donde conversan los árboles, donde las estrellas responden a quien sabe esperar.

En mis viajes recogí historias. Me las confiaron zorros y caracoles, campesinos y reyes, flores y ríos. Historias que no me pertenecen, pero que guardo como quien protege una llama en la noche.

Ahora, si quieres escuchar, abre tu corazón conmigo. Yo abriré este viejo libro que me acompaña, y juntos leeremos en sus páginas invisibles. Allí, entre líneas, hallarás la risa de lo sencillo y la herida de lo profundo. Quizá también te encuentres a ti mismo.

Así comienzan las fábulas de Cachopo.

Cada fábula es un espejo: refleja lo que somos y lo que tememos, lo que callamos y lo que anhelamos.
En el silencio del bosque descubrimos que la vida y la muerte no son contrarios, sino maestros.
Y quien escucha con atención, aprende que el verdadero camino no está en las respuestas, sino en la búsqueda.”

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